E [n.02]

Mayo lluvioso. Otra vez el verano se está haciendo de rogar, pero esta vez parece que va a tardar.

Medias mañanas en la puerta, un breve respiro de un futuro inmediato apresurado.

Mañana de cielo oscuro y nubes bajas. Las gotitas de lluvia mojan lentamente el suelo a mis pies. Algo me dice que debo estar ahí.

Entre broma y broma te veo. A paso lento y bien acompañado. Quiero mirarte pero no lo hago. Sé que me conoces. Sé que sabes que te miro cuando tú no me ves, así que esta vez me guardaré las ganas.

Espero a que pases por mi espalda, y entres en aquel edificio tan lleno de recuerdos.

Y ahora si me vuelvo, aún sabiendo que ya no me tropezaré con esos ojos oscuros.

Sonrío. Casi parece que está a punto de salir el sol.

– La Chica de al Lado_Mayo 2018

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B [n.01]

Hacía tiempo que no pensaba en ti, y de repente el cerebro percibe algo, un olor, un lugar, una canción… y plafff. Llegan algunos de esos recuerdos otra vez.

La semana pasada volví. Era su fiesta y las enanas iban a bailar así que me puse esos vaqueros con perlitas que tanto me gustan, y me pinte los labios de ese color bugambilla que siempre me pongo en ocasiones especiales. Me mire al espejo y me vi a mi misma hace ya una década.

-¿Enserio? – le pregunte a mi reflejo.

Apreté los labios y salí del baño.

Creo que una parte de mí esperaba verte esa tarde, la misma parte que sigue mirando involuntariamente cada día, a la vuelta de la facultad, por el paso de peatones donde un día te vi pasar.

Es gracioso como después de tirarme 13 años en aquel lugar, de todas las cosas buenas que me pasaron, de las malas, de toda la gente que por allí pasó, lo primero que se me venga a la cabeza sigas siendo tú. Precisamente tú.

Tanto te quejabas de que me eras indiferente y fuiste la persona que más me dolió perder. Es irónico ¿verdad?

No recuerdo la última vez que te vi, o la última vez  que hablamos, aunque si te soy sincera no he dejado de hacerlo.

Hace años me miraba al espejo y te reprochaba todo lo que nos acurrió. Ahora simplemente imagino un reencuentro bonito.

Recuerdo la tardes, en los sofás de la planta alta de aquel Starbucks a la vuelta de la esquina, hablando de ti, pensando que mis dos acompañantes deberían estar cansadas de repetir lo mismo cada viernes. Hasta que un día deje de hacerlo, porque “ya tendría que haberlo superado”.

Eras mi mejor amigo. ¿No era eso suficientemente importante? Durante más de un año y medio fuiste el PILAR con mayúsculas de aquellos horribles años de pubertad. Eras como el hermano mayor que nunca tuve.

Aunque bueno, supongo que ese era el problema ¿no?

Creo que en el fondo siempre lo supe, pero no sabía cómo responder a ello, no sabía hacer otra cosa que poner una coraza entre tú y yo.

Seguramente mi lado borde no te ayudaba mucho, y sé que hice mal muchas cosas.

Y me arrepentí.

No sabes cuantas noches me acosté pensando que fue culpa mía, que me porte mal contigo.

No sabes cuantas veces aparece tu nombre en mi diario, ni que llegó un día que tuve que ponerle fin. Que yo, como la reina del drama, escribí aquel poema de Neruda que acababa diciendo: “y estos, los últimos versos que te escribo”.

Y tampoco sabes como afecto todo esa separación en mí, en mi pensamiento y en mi visión de mi misma.

Entonces un día anochece y por primera vez empiezas a dejar de idealizar las cosas.

Empecé a ver cómo aún habiéndolo hecho yo mal, tú lo hiciste peor.

Como me partiste el corazón diciendo las cosas de la manera que más me podían doler, como decidiste desaparecer cuando todo se fue a la mierda. Para las buenas bien y a las malas te largaste.

Buscando desligarte decidiste romper con todo, meterte en una relación y desparecer.

Pero ese día la pena y autocompasión se convirtió en rabia. La conversación que tenía en el espejo se convirtió en una discusión.

El enfado fue más fácil de llevar. Y más fácil de desaparecer.

Hasta que poco a poco todo se convirtió en indiferencia lamentablemente.

Tarde años.

Como ya he comentado otras veces, aprendo despacio. Pero aprendo.

Y por fin llego ese día en que me levante por la mañana y ya no me dio por acordarme de ti.

Se repitió al día siguiente, y otro más.

Dejaste de aparecer en los sueños de esa niña de 14 años que conociste, y que hoy ya no existe.

Septiembre del año pasado. La vuelta a casa siempre se hace triste. Mi madre conducía y yo en el asiento del copiloto escuchaba la radio aunque sin prestar mucha cuenta, y entonces presentaron una canción nueva, de Maldita Nerea. Empecé a escucharla y algo se me encogió en el estomago. Parecía que hablaba de ti y de mi.

(……)

“Y aunque el destino separó nuestra amistad

Para olvidarnos haría falta un poco más

Y de repente apareciste

Así no por casualidad

Y en ese instante todo volvió a comenzar”

– Oh dios -pensé- en que momento se me ocurrió poner esta emisora

Y la canción seguía sonando:

“Qué tal te va

Qué haces aquí

Cuanto tiempo estaba sin verte

Ayer me acordé de ti

Veo que sigues como siempre

Y me has dejado de escribir

No quiero volver a perderte

Acuérdate un poco de mi

Sabes que siempre estaré ahí”

Era como esa conversación que mantenía en el espejo, y entonces me di cuenta que era lo que llevaba tiempo queriendo que pasara, queriendo decirte.

(……)

“A ver si vuelves a venir

No me apetece estar sin verte

y no te olvides de escribir

Y da recuerdos a tu gente

Y por favor confía en mi

Sabes que siempre estaré ahí”

Cuando acabo la canción juraría que tenía los ojos lloroso, así que apreté los labios y me tragué todo lo que sentía hasta que volvió a desaparecer.

Y debe ser que soy un poco masoquista, pero reconoceré que esa no fue la última vez que escuché la canción.

Aunque debo confesar que no sé si querría, aunque fuese posible, que todo fuera igual, que de la niña de 13 años que conociste ya queda muy poco, y de tu niño de 14 tan sólo me queda esa circonita en forma de corazón que un día me regalaste y un montón de recuerdos en algún foso del cerebro destinados a olvidar.

Y que aunque me duela reconocerlo no sé si llegue a perdonarte todo aquello, lo que si me llevo es aquello que aprendí, de mis errores y de esa debilidad que sentía por ti (y que no volví a sentir por nadie).

Y posiblemente no será hasta que, si por casualidad volvemos a encontrarnos, te mire a la cara, cuando sepa si el dolor se fue o lo sigo arrastrando.

Mientras tanto seguiré fingiendo y diciéndome a mi misma que aquellos dos niños se fueron, y que tú no eres más que el reflejo de lo que más me costó superar en mi vida. No por trágico. Más bien pagué la inexperiencia, como suele pasar en la vida.

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¿Qué es mejor?

¿Sabes cuando te aferras a algo porque es real, pero a la vez tan efímero como intentar agarrar el agua con la mano?

Real pero no sincero, real a momentos, cuando tú quieres que lo sea.

Pero es algo que está ahí, que es palpable, y que es lo único que tengo, aunque no sea lo que realmente quiero.

¿Y sabes cuando en medio de este no quiero querer pero quiero y no puedo, aparece alguien, algo, que no es real, que no es nada, pero es sincero?

Son miradas que no mienten, que no dañan, son esa chispa que aparece en mis ojos cuando te veo.

Algo que, como digo, no es real, pero que a su vez, es tan de verdad como la sonrisa de un niño. Algo que, por contra, hace más palpable mi inseguridad.

Y yo me pregunto. ¿Qué es mejor?

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S [n.04]

Hoy sería un buen día para que me hablaras. No sé si se te habrá pasado por la cabeza hacerlo de aquí a un futuro próximo, -lo dudo-, pero si es así, por favor que sea hoy.

Hay días mejores que otros, y precisamente hoy no tengo uno de los buenos.

Volvía a casa en el asiento del copiloto del coche mirando mi reflejo en el espejo retrovisor.

Estaba abrazando mis propios brazos pensando en lo que me gustaría que HOY, tan solo hoy, te saltaras esa estúpida idea de no hablarme. Que te interesaras por mí lo que no lo has hecho en las últimas semanas.

Porque hoy lo necesito.

No podía evitar pensarte. ¿Te das cuenta que te usaba a ti para evadirme de mis problemas?

O sea, que estaba asustada porque este cuadro, ya difícil de entender, empeore con el tiempo, y estoy pensando en ti.

Lo único peor que encontró mi mente que el dolor físico que sentía era ese vacío donde antes estabas tú…

¿Te das cuenta del miedo que me da esto que estoy contando?

¡Joder! que recuerdo esos primeros días en los que pensaba que si decidías no hablarme me daría igual, prometo que lo sentía así.

¡Y ahora mírame! Al primer bajón que me viene ya estoy así… Pero seré estúpida…

Y es que aunque sepa que jamás sentirás ese interés por mí, que jamás sentirás lo que siento yo… te quería conmigo, solo hoy.

Necesitaba ese mensaje, esa chispa, ese audio… Lo necesitaba.

Y debía ser hoy, porque seguramente, si no hubiera pasado nada entre nosotros, si no tuviera este dilema interno “orgullo-moral”, hoy habría sido el típico día que habría caído en ello yo.

Que te habría dicho un “Hola, que pasa?” Y me habría inventado una mala excusa para una breve conversación de las tuyas, solo para poder escuchar tu voz en uno de esos audios cortos, donde se escucha tu amago de risa entrecortado por palabras.

Y sin duda, el día no hubiera sido tan malo porque me habría aferrado a eso. A ti.

Sigo, involuntariamente, esperando a que lo hagas, porque en el fondo sigo siendo una cría tonta.

Así que bueno… solo recordarte que, si has pensado en hablarme, hoy sería un buen día para que lo hicieras.

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Ahora

Y ahora… yo.

Hecha un ovillo. Sin querer moverme, sin querer salir.

Ahora que el mundo entero se me vino encima.

Ahora que removiste todo, que pusiste patas arriba mi estructurada mente.

Ahora que te fuiste y que mi orgullo herido me impide seguir buscándote.

Ahora. En este momento.

Solo quiero seguir abrazando mis lastimadas rodillas y quedarme dormida pensando que te arrepentiste, que al fin entraste en razón, y que nunca seré nadie.

Intentando fallidamente no compadecerme mientras pienso por qué hiciste aquello… hoy solo quiero dormir, y que durante unas horas esta historia sea distinta. Que tú fueses distinto, y yo…. simplemente yo.

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S [n.03]

Noche de feria y verbena, alcohol y música, mucha música, de todo tipo: desde flamenco al ‘A quien le importa’.

Había tomado tan sólo un par de copas en toda la noche, mientras que mis amigos más que sangre tenían alcohol en las venas. Y sin embargo, me lo estaba pasando mejor que ellos.

Las semanas anteriores habían sido complicadas, la ansiedad me consumía, era como si me hubiera tragado una bolsa de aire que me aprisionaba el pecho y no me dejara respirar con tranquilidad.

Tú. Llevabas toda la tarde queriendo vernos a mi mejor amiga y a mí. Entre tanto baile te enviamos un mensaje diciendo dónde estábamos. Y fuiste, aunque aquel día llovía a mares.

Era tarde y al igual que mis amigos tu nivel de alcohol debía cuadriplicar por lo menos la tasa permitida para conducir.

Siempre te perdieron las fiestas…

A penas pasaron unos minutos cuando empezaste a bailar conmigo, te notaba más cercano que de costumbre. Quizás tu abrazo y tu beso en la cabeza al llegar debió darme una pista, llámame idiota.

Entre medias vueltas y risas tontas me besaste, estaba tan sumida en el momento que ni si quiera recuerdo que canción sonaba.

Estaba flipando, ¿en qué momento se te encendió esa bombillita en tu cabeza para hacer eso?

Me aparte y me acerque a tu oído para que escucharas mi voz por encima de la música recriminándote que estabas borracho, a lo que tú contestaste que sabías lo que hacías.

Y me valió.

No tenía ni ganas, ni fuerzas para alejarme de ti.

Me preocupaba que al día siguiente no me hablaras, que no te acordarás o que simplemente te arrepintieras.

Pero no podía apartarme y hacer como si nada hubiese pasado.

Me sentía bien.

Por primera vez había conseguido algo que quería, aunque solo fuera una ensoñación de una noche.

Mis amigos se fueron y yo me quede un rato más contigo. No quería imaginarme sus comentarios, aunque si te soy sincera en ese momento me daba tan igual todo… tanto fue así, que esa bolsa de aire imaginaria se fue como por arte de magia, toda la ansiedad desapareció.

Notaba como poco a poco ibas recuperando la consciencia, parecías más tú. Me dijiste que nunca te hubieras imaginado que pasara eso conmigo, a lo que contesté con un falso ‘yo tampoco’.

Sigo sin saber bien cómo tomarme aquella frase, ya que, al fin y al cabo, empezaste tú.

Cuando llego la hora de irme me acompañaste hasta el lugar de recogida y te quedaste esperando conmigo hasta que al fin me fuera. Incluso entonces seguías besándome, besos cortos y largos, incluso me cortabas al hablar….

¿Sabes cuantas veces soñé con aquello? ¿Sabes que lo había dado por imposible, que pensaba que jamás dejarías de verme como una niña?

No estaba nerviosa porque no me imaginaba que pasaría, no me esperaba aquel primer beso tan repentino, y por supuesto no me imaginaba cómo serían los días siguientes.

Estaba totalmente en blanco, no sabía de que hablar, pero bueno… en realidad tampoco hizo falta.

No me gusta reconocer lo que diré a continuación, juraré no haberlo hecho, porque me hace sentir débil, y algo manipulable por las circunstancias.

Pero aquella noche me bastó para imaginarme contigo. Solo como una idea fugaz que pasaba por mi mente.

Recuerdo llegar a casa con frío, meterme en la cama con la manta y el edredón y no poder dejar de temblar, como se me erizaba la piel al recordar tus manos en mi cuello, empujándome hacia ti. Tus dedos agarrando mi pelo. Sigo sin poder pensar en ello sin que despierte en mi una sensación de “querer más”.

Pasaron los días y no encontré a nadie más que a mi, pensando en por qué no me hablabas, en por qué lo hiciste si al día siguiente y los sucesivos ibas a fingir que no existo.

Como era de esperar, al tercer día me pudieron las ganas y el orgullo, y fui yo la que te habló. Prometiéndome que la siguiente vez tendrías que ser tú, sin excusas.

No volvería a ir detrás de nadie. Lo tenía muy claro.

Aún así, -estúpida yo- me gustó oír tu voz.

Si es que soy gilipollas.

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Seguir corriendo

Vivo corriendo, sin pensar.

Pasando de largo por la vida,

de puntillas,

casi sin percatarme de lo que me rodea.

Entonces llega un día en que paro,

me detengo y siento el gélido silencio que atraviesa mi mente.

Vislumbró los problemas que ignore mientras corría,

me da miedo afrontarlo,

y me da pena mirarme desde fuera

y verme tan pequeña,

tan insignificante,

tan patética.

Llega al punto en que solo deseo seguir corriendo esa maratón,

y no parar.

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S [n.02]

Es día de fiesta nacional, observo el barrio aún dormido desde mi habitación. Con el ordenador encendido y los apuntes encima de la mesa, me distraigo mirando como se colaban los primeros rayos de sol por la ventana. Era incapaz de concentrarme.

Mi mente se trasladó a la última vez que te vi. Era sábado habíamos quedado con un par de amigos más.

Cenamos, hablamos, nos divertimos… Acabamos la noche en un garito lleno de guiris y puretillas, pero al menos había música decente.

Nos sentamos en unos taburetes altos al fondo del local. Mi amiga y tu amigo empezaron a hablar ligeramente apartados de nosotros.

El local estaba lleno. Sin embargo, a pesar de haber espacio suficiente, estábamos muy juntos.

Tu pierna rozaba la mía.

Y aunque el banco no era especialmente cómodo, me hubiera quedado ahí, sin moverme, toda la vida, solo si prometías no retirarte tú tampoco.

Sentía unas ganas locas de poner mi mano sobre la tuya, o que lo hicieras tú. Obviamente ninguna de las dos opciones era factible en aquel momento.

Era la primera vez en mucho tiempo que podíamos hablar de una forma tan natural, sin pensar lo que tenía que decir, sin trabarme, sin decirme mentalmente: ¡joder, eres gilipollas!

Éramos simplemente tú y yo.

Ni siquiera recuerdo de que estábamos hablando, solo sé que te llevaba la contraria para darle un poco de juego a la conversación. Me salió bien.

Tras un par de horas, fuiste tú quien levantó el chiringuito, querías cambiar de local, pero cuando salimos, los acompañantes querían irse a casa.

Su amigo se fue y él hizo parte del camino con nosotras.

Si se hubiera quedado caminando un rato más habríamos llegado al punto de separación, en el que nos hubiéramos despedido de mi amiga y seguidamente me habría acompañado a casa, pero estaba lloviendo y decidió coger un atajo antes de que eso pasara.

Nos despedimos con dos besos, como siempre que quedábamos. Aunque estuviéramos solos, los dos besos en la mejilla eran ya algo irremediable.

Supongo que soy una cursi, que ya debería aprender que los cuentos de hadas conmigo no se cumplen.

Y es que aunque la calabaza ya no espera convertirse en carroza, sigue haciéndose daño cuando el tiempo le da la razón.

Y así se pasó mi día. Esperando a que se me ocurriera alguna excusa estúpida con la que empezar una conversación que acabase, como de costumbre, con el doble tic azul debajo de alguno de mis mensajes.

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